domingo, 20 de julio de 2014

El Despertar

Bueno, he escrito algo que no suelo escribir: versos.


La fuerza de sus ojos
No más que una gota en el mar
La llenan de gozos
y la llevan a amar.

El sueño que llega:
Su figura se aleja
Entre su angustia más ciega
Más se acompleja.

Pero si piensa un segundo
Uno que ha de llegar
Pronto en el mundo
Angustiada va a estar.

La niña que llora.
La mujer que resiste.
La nada que adora.
Y la eternidad que se viste

Quiere vivir
entre la naturaleza y el mar
Más le cuesta existir
Sin un bien por triunfar.

Ansía su libertad:
Despertar y reír,
¡cuán clamada amistad!
No se puede ni hundir.

Despierta y sonríe:
Él está ahí
Piensa y se ríe:

Siempre estará aquí.

Reminiscencia con Calor

Acá hay otro pequeño escrito, de una idea que surgió entre tanto calor:


Salí temprano en la mañana para poder llegar a tiempo. Pero, debido a ciertos infortunios, me encontré varado en el tráfico de la carretera. Esto provocó que llegara tarde a una importante reunión y acabé por ser despedido. Ahora no tengo un empleo y el pago mensual del cuarto que rento se acerca asechando mi bolsillo en quiebra.
A pesar de mis intentos por convencer a mi jefe y explicarle lo sucedido, no le logré persuadir. Probablemente, no me di a entender del modo en que quería, y mi tiempo se agotó antes de poder estructurar correctamente mis ideas. La comunicación es uno de los pilares fundamentales del ser humano, pues, en ella recae el entendimiento entre individuos. Y es en eso en lo que he fallado y por lo que perdí mi trabajo tan fácilmente. Las personas estructuramos nuestro lenguaje hasta acoplarlo a nuestros estándares y moldes, y hablamos con la idea errónea de que somos comprendidos tal y como queremos.
Después de ser despedido, cuando me dirigía a casa, descubrí que todo el problema del tráfico era causado por un único problema: una persona había arrollado a un perro, y su dueño peleaba fervientemente contra el conductor, alegando que iba a excesiva velocidad, mientras que este último, culpaba al dueño por ser descuidado con su mascota.
¡Malditos perros y malditos humanos! La gente no lo entiende, pero las personas y los perros no somos tan diferentes; ambos obedecemos a ciertos patrones de comportamiento y funcionamos bajo nuestra propia psicología. El problema verdadero recae en entender que nuestras mentes, gustos y objetivos son diferentes. Por supuesto, el perro quería salir a pasear, pero su dueño se descuidó y el conductor, que probablemente solo quería llegar a tiempo a su trabajo, fue egoísta y no pensó en que ir a alta velocidad podría provocar daños.
Para cuando llegué a casa, estaba harto de todo y todos. Solo quería dormir, pero sabía que era demasiado temprano para hacerlo, así que encendí el ventilador y la televisión para perderme y no pensar más. Con lo que no contaba era con encontrarme la noticia del accidente de la carretera. Habían dos policías; uno, que defendía al automovilista, pues iba a llegar tarde a su empleo, (¡Qué coincidencia!), y el otro, que era más sensible con los animales, y defendía al dueño del hablando de la inconciencia del conductor. La verdad es que toda moneda tiene dos caras y no fui capaz de darle la razón a uno, ni al otro. Es decir, cada quien reacciona de manera diferente y todos respondemos a un pasado que nos codifica de cierta manera. Muchos factores influyen en el desarrollo de nuestra personalidad y carácter.
Ahora, escribí una carta, porque es más formal, para explicar a mi jefe lo sucedido y recuperar mi empleo. La ventaja del lenguaje escrito es que nos da la oportunidad de corregir un texto tantas veces queramos hasta estar conformes con él. Dejé la carta con la secretaria del jefe y fui al parque más cercano para relajarme.

Y heme aquí, esperando una respuesta positiva, mientras observo mi entorno. ¡Qué mundo más loco en el que me ha tocado vivir! Pero más importante: ¡Qué calor hace!

domingo, 13 de julio de 2014

Cuervo

Acá les comparto un pequeño cuento o historia que escribí en el año 2012; espero que les guste.

Cuervo

El señor Adrián Nightway era el dueño de esa criatura que cuenta historias a los niños antes de dormir y les provoca pesadillas para que no se atrevan a acercarse a su territorio: la casa que parece vacía, pero que en realidad no lo está.
Los adultos, incapaces de dar una explicación lógica y racional, dicen que el señor Adrián no es más que un loco enfurecido. Pero los niños, que aún no han perdido la chispa que les permite ver la magia, hablan de él con susurros y los ojos estrechos.

La mañana del 27 de febrero de 1922 en Londres, se reportó un caso muy particular. Un niño de a penas seis años se había arrancado los ojos a mitad de la noche gritando despavoridamente: ¨¡Cuervo!¨.
La muerte del menor se tomó como un caso aislado de locura o algún tipo de padecimiento mental extraño que nunca antes se había visto.
Fue durante la semana siguiente a este incidente que me mudé a Londres, esperando poder estudiar mi carrera universitaria y graduarme lo más pronto posible, pues el dinero es un medio del cual siempre tuve carencia.
En aquellos días todavía creía que con sólo graduarme tendría el mundo en mis manos. Así pasé un año que enfoqué únicamente en mis estudios, pero esto no evitaba que escuchara las pequeñas voces susurrantes de los niños que no paraban de hablar del ¨Cuervo¨ que era protagonista de todas sus pesadillas. De esas que provocan tanto miedo que no te atreves ni a levantarte de la cama al despertar.

¨La curiosidad mató al gato¨ o eso me decían cuando era menor. No es que importe mucho ahora… Tampoco importó en aquel momento.

Lo primero que hice para investigar fue entrar a un bar de mala muerte que se encontraba a un par de calles de la casa del señor Adrián, me acerqué al barman y le pedí un bourbon. No pasó mucho para que un viejo borracho se me acercara y me preguntara si me había perdido, a lo que respondí un seco ¨No¨ y me volví hacia otro lado. Sin volverlo a mirar le pregunté qué sabía sobre el señor Adrián. Su ladrido de risa me confirmó que sabía de quién hablaba. Se burló de mí un rato, alegando que me había creído la historia de los niños del vecindario así que me reí también y le invité a un trago.
Después de media hora de hablar tonterías sin importancia, por fin estuvo lo suficiente borracho para contarme lo que sabía.
Hace veinte años, aproximadamente, el señor Adrián se mudó al vecindario. La casa, que ya estaba desgastada por el paso del tiempo y la falta de un habitante, nunca se restauró, pero desde la llegada de dicho personaje, la casa se avejentó aún más.
El señor Adrián no tiene amigos ni allegados, nadie lo visita nunca y las compras las realiza una vieja ama de llaves llamada Mary, por lo que jamás sale de casa.

El hombre borracho hipó y empezó a hablar de un gato negro que lleva maullando en su ventana dos noches seguidas y no le deja dormir. Cuando me aseguré que no diría nada más que me interesara, me despedí y me fui sin escuchar su respuesta.
Mary era la clave para saber más al respecto. 

Al día siguiente, me dirigí al mercado, donde estuve todo el día esperando, pero ninguna  mujer rubia y canosa se presentó. Me dijeron que Mary era una mujer robusta de facciones afiladas que nunca tenía expresión alguna en su rostro, algunos decían que ella no era más que un ¨eco¨.
Al quinto día de estar ahí fue que pude verla. Las señoras del mercado me la señalaron sin dudar y yo me acerqué para poder verla mejor.
Mary era una mujer que tenía entre cincuenta y muchos y sesenta y pocos años, de aspecto cansado, con profundas ojeras en el rostro.
La seguí un rato, pero luego decidí que sería mejor idea hablarle. La saludé fingiendo no saber quién era y quererla conocer. Ella me sólo me miró, como si no pudiese entenderme y siguió su camino.
Insistí, pero no me respondió.
Así que lo intenté de un modo más directo y le dije que los niños hablaban mucho de su señor y que me parecía que era un personaje de lo más peculiar. Se me acercó mucho, diría que estaba invadiendo mi espacio personal, y me susurró en el oído con una voz gastada que me mantuviera al margen. Y así, como si nada, siguió su camino.
No la seguí, el motivo es sencillo: me había quedado en shock, no podía moverme, un miedo irracional me invadió por dos cosas; la primera es obvia: lo que dijo parecía más una amenaza que un consejo, y la segunda y más inquietante era el olor que esta mujer despedía, es algo que no podría describir de ninguna manera, pero mis instintos me dijeron lo que mi cerebro no entendió: que debía obedecer y alejarme.
Es curioso, pero todo esto sólo me causó más interés…

Al día siguiente me encontré con algo muy poco usual, había plumas negras, muy grandes, en la entrada de mi casa. Recogí una y esta se convirtió en polvo, se deshizo con el viento, como si no fuera más que cenizas.
Caminé despacio hasta llegar a la calle, tenía una horrible sensación: alguien me estaba vigilando. Siguiendo una corazonada, caminé frente a la casa del señor Adrián, y por un segundo, podría jurar que alguien me estaba viendo desde la ventana superior. Pero todo pasó tan rápido que bien podría haberlo imaginado.
Aunque eran más de las nueve a.m., la calle se puso repentinamente fría, por una única ráfaga que traía consigo hojas secas y más plumas hechas de ceniza.
Me alejé de ese lugar, dudando querer saber más. Pasaron los días y lo días rápidamente se hicieron meses.
La verdad es que el miedo es un buen recurso para alejar a los curiosos, ya no sabía qué hacer, si me acercaba demasiado… No sé qué podría pasar.

Casi un año había pasado, cuando me enteré por casualidad que el señor Adrián había muerto por causa de una embolia cerebral.
Los motivos que me llevaron a los siguientes sucesos no los tengo claros, era como estar en trance.
Caminé hasta la vieja casa del señor Adrián y entré, puesto que la casa estaba abierta. No hay mucho que decir del contenido del lugar, pues estaba prácticamente vacío, lo cual no era tan extraño si consideramos que era un viejo solitario… Pero estaba tan sucio que me preguntaba si era humanamente posible vivir en un lugar así.  Me adentré un poco más y comencé a escuchar el viento que hacía un sonido extraño al atravesar las ventanas; casi parecía decir ¨vete¨, una y otra vez. Revisé las habitaciones una a una, algunas estaban totalmente vacías y las arañas las habían convertido en cómodos hogares, pero otras tenían un par de sillas. Lo que tenían en común era que todas las ventanas estaban selladas y sin embargo, estaba ese olor y el viento que entraba a presión.
Dejé su dormitorio para el final. En el centro de esta habitación había una puerta muy diferente a las demás, con un estilo muy refinado y además estaba limpia y pulcra, como ninguna otra cosa en esta casa. Lo más extraño es que no parecía haber nada detrás de esta. Había revisado la casa entera y podía asegurar que esa era la pared que delimitaba esta casa. ¿Por qué habría una puerta?
Un escalofrío me recorrió la espalda y sentí los huesos helados, quizá fue mi imaginación, pero hasta parecía que el aire había dejado de fluir.
La abrí y la escena sórdida se desarrolló frente a mis ojos.
Vi un ave de tamaño desproporcional, negra, en medio de una habitación del mismo color, aunque más que una habitación, parecía un universo, no le veía un fin debido a la falta de luz. En ella, flotaban objetos muy diversos: muñecas rotas, madera, retazos de tela y… algo que parecía sangre, que además cubría al enorme animal.

No tuve tiempo ni de intentar gritar.



Beatriz Pleités

Desde hacía mucho tiempo le daba vueltas a la idea de crear un espacio en el cual poder escribir mis ideas, pensamientos y opiniones sobre distintos temas. Así que debo admitir que nombrar esta bitácora resultó ser una tarea difícil, puesto que no tiene una temática en particular. Sin embargo, todo lo que escriba aquí vendrá de mí. Y es así como acabé haciéndome una "copia virtual".


Entonces, comencemos de nuevo:



Mi nombre es Margareth Beatriz Pleités, pero, por cuestiones de gustos, me hago llamar Beatriz o simplemente "Bea". En este momento tengo 18 años, una edad que considero como muy buena para comenzar a plantear mis ideas a los demás, ya que dicen que los jóvenes somos el futuro del mundo y yo opino que somos el presente también. 
Nací y crecí en un ambiente familiar muy unido, por lo que no es de extrañar que considere a mi familia como una base más que fundamental para mi desarrollo como persona humana.
Considero que soy una persona muy tolerante y de mente abierta, por lo que estaré atenta a sugerencias y opiniones; más considerando que la búsqueda de la verdad es eviterna, es decir, que tiene un principio pero no un final.




Sean bienvenidos y bienvenidas a este espacio, 
comencemos.