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lunes, 19 de enero de 2015

Carta ficticia a Marta

Marta:

No voy a hacerlo.
Lo sé, sé que lo hablamos por teléfono durante horas, que el tiempo pasa y no me espera y que para hoy, a las 6:00 pm, será ya demasiado tarde. ¡Pero es que no puedo! Cuando vino a despedirse en la mañana, me di cuenta de que no podía ser ese inconveniente que llega en el momento justo para frustrar el vuelo de un soñador. Y sí, lo he pensado ya demasiado; me he preocupado porque mi corazón no ha parado de latir con fuerza en todo este día, como si empujara las palabras por la garganta, pero mi boca se negara a dejarlas salir. Es mejor así.
Hace tres años, cuando llegó, nos dejó bien claro lo que quería y que solo estaría un tiempo aquí, ¿te acuerdas? Incluso dijo que no debíamos tomarle cariño, porque a fin de cuentas, no se quedaría para siempre. Así sin más resulta obvio que mis palabras no harán más que estorbar, justo como me han estorbado estos sentimientos todo este tiempo. Lo supe desde un principio, pero lo dejé continuar, como para ver hasta dónde podía llegar. Antes de decir adiós, vi en sus ojos mi reflejo y, por un instante, no más de dos segundos, creí que se concedería mi deseo; que estaba ahí, listo para que lo tomara. Pero parpadeó y el momento se perdió. Entonces lo supe. Supe con certeza lo que ya sabía en mi corazón.
Como mi amiga has cumplido tu labor con creces: me diste valor y esperanza cuando mis ojos estuvieron a punto de perder la batalla, mientras nos explicaba que se iría en dos semanas. Por eso te agradezco como no te puedes imaginar.
Pero yo, como todos los demás, he sido víctima del tiempo. Parece que todo en esta vida tiene un límite muy marcado; por eso, ahora, después de tantos años, entiendo el amor platónico de mi abuela hacia Colombia, el “idealizado”, según ella misma, por haberse tenido que ir de su país siendo tan joven. Lo entiendo, yo, que soy tan poco sentimental. Aunque, si lo pienso bien, esto, más allá de ser puro sentimentalismo, es la flor de mi romanticismo. Te confieso que yo también quise ese final perfecto de las películas de las que nos burlamos con tanta facilidad cuando éramos más jóvenes.
Parece tonto ahora que leo esta carta. ¡Con cuánta facilidad hablo de estas cosas últimamente! Creo que hasta a mí me doy lástima. Y, a pesar de eso, no se me olvida cuando me dijiste que ser lamentable también era parte de la vida.
Pero, ¿sabes? Se ha ido con una sonrisa en su rostro de mi casa y, aunque me duele como no te imaginas, por un segundo, me sentí conforme. Ahora estará abordando el avión y presiento que ha sido un adiós definitivo, pero, por estúpido que te parezca, no me arrepiento. Claro, esto lo digo en un momento de lucidez, ¿quién sabe mañana? O en una hora, cuando sepa que el avión se ha ido…
Marta. No pude hacerlo.

-D


domingo, 19 de octubre de 2014

Un soldadito de madera

¡La camioneta de mi papá baila como si estuviera construida para hacer tal cosa! ¡Es horrible, todos tan asustados! Estas cosas siempre pasan de inesperadas a traumáticas... ¡¿Y José?! ¡¿Quién sacó a Josecito de la cama?! Mamá, tranquila. Ya vi que Gabriel lo tiene. ¡Ja, ja, ja! ¡Ni siquiera se ha despertado!
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Cuando eran las 8:00 de la noche me encontraba hablando con Alejandra sobre la historia de las constituciones de El Salvador. Claro que no era mucho como una conversación, ya que se trataba de una nota de voz por WhatsApp cada cierto tiempo. Su voz denotaba tanta tranquilidad que me preguntaba si en serio estaba preocupada por el laboratorio que haríamos el día siguiente.
El caso es que estudiar no es lo mío: soy una haragana ejemplar y creo que procrastinar es una de las actividades que mejor se me dan; después de todo, aprendí a trabajar muy bien bajo presión. Pero, para qué negarlo: estaba muy nerviosa por el laboratorio de Constitucional al día siguiente. Y eso que había pasado estudiando desde hacía varios días y me sabía de memoria varios datos que consideraba, eran importantes. Lo interesante del estudio es que, muchas veces, no aprendo lo que me piden que aprenda, sino lo que me parece más interesante a mí. O sea, de pronto encuentro algo que me llama la atención y me emociono de llevar la carrera que llevo. Pero no me malinterpreten, sigo siendo bien haragana.
Para cuando se hicieron las 9:00 pm ya me sentía algo adormitada, así que fui a la cocina, llené una botella de un litro de agua y me propuse tomármela toda. No sé por qué eso siempre me quita el sueño. Podría ser porque luego tengo que ir al baño mil veces después o simplemente porque me convenzo de que tomar agua me hará despertar. No sé; no es algo verdaderamente importante. La onda es que me la tomé.
Solo para que vean lo mal que se me da estudiar: por momentos me quedaba mirando mi pared, así tipo ida. Pasaba del verde de la parte de abajo, hasta el lado blanco de arriba. Estaba ya bien aburrida de releer la misma información; así que me puse, solo un rato, a leer. Había tomado de mi librera un libro aleatorio, en una página cualquiera para distraerme. En eso estaba cuando vi que eran las 9:32 pm en el celular. ¿Que cómo lo sé con tal certeza? Pues Dios bendiga la tecnología, porque Alejandra me había mandado una nota de voz en ese preciso momento. Hablé con ella un ratito más mientras seguía leyendo mi cuadernito, y el último mensaje que le mandé fue a las 9:47 pm.
Por alguna razón que todavía no entiendo, en ese momento me levanté del escritorio, me estiré y me fui a sentar a la cama para tomarme una pastilla que tengo siempre en mi mesita de noche. Algo muy mundano y que hago todas las noches, o eso creí, porque una vez me la hube tomado se dieron las 9:50 pm y volví mi rostro hacia arriba. Fijé mi mirada en un soldadito de madera que tengo colgado de un hilo en la barra que sostiene la cortina. Está formado por tres pelotas que van de la más grande a la más pequeña: la más grande es azul, la siguiente es naranja y tiene dos pelotitas más pequeñas pegadas para simular los brazos. Por último está la más pequeña, con una carita feliz dibujada en ella. Lo miré despacio. Y de pronto, sentí algo raro, como si la cama se moviera y noté que el soldadito empezaba a mecerse.
Para qué les digo, yo cuando tiembla suelo mantener la calma. Y es que sucede tan a menudo. Pero, pasados un par de segundos decidí salir de mi cuarto. Cuando llegué a la puerta estaba temblando más fuerte y me asusté, porque mi puerta estaba con llave. Me pasó eso tan raro que me acordé, en lo que dura un respiro, de esas veces que me habían dicho de alguien que había muerto porque la puerta se entrampó por ese hábito de poner llave. Pero quitar llave no me costó nada más que el susto. Vi a mi hermano mayor, Gabriel, levantándose del sillón y dijimos, casi al mismo tiempo: “Está temblando”.
De ahí fue un borrón. Yo salí de la casa con mis papás por la puerta trasera, mientras que mis hermanos lo hicieron por la principal. Y un segundo después Ceci estaba a mi lado. Todos nos miramos como buscando una explicación a lo que estaba pasando. En eso, vi el carro de mi papá bailando y un güisquil cayendo cerca. Mi mamá se puso como histérica (ella sí que no sabe lidiar con sus nervios). Estaba preguntando a gritos por mi hermanito hasta que hablé lo suficientemente fuerte como para que me oyera que estaba con mi hermano mayor.
Cuando el movimiento se detuvo me di la ocasión de mirarlos a todos: mamá con las manos en el pecho, papá en bóxer y una cobija, Cecy con crema en la cara y yo con mi pijama rota. *Jum…*, me he visto mejor. Claro que mi mamá encontró voluntad para regañarme por estar descalza y mi papá para burlarse de mi pijama rota. En eso llega Gabriel, cargando a mi hermanito como si fuera un costal de papas. Quiero enfatizar en esto porque el niño no se había dignado a despertarse.

Pasado un momento nos fuimos todos al cuarto de mis papás a ver las noticias, lo cual fue tedioso porque solo en un canal decían algo al respecto. ¡Ah! Pero Dios bendiga Twitter.  Ahí se leía de todo. En serio. Deberían hacerse una cuenta solo para este tipo de ocasiones. Y es que hay tweets de todo tipo: desde el tweet el maje que pone que está temblando en lugar de ponerse a salvo, hasta los que se estrujan el cerebro por hacer un buen chiste de la situación. Por otro lado, por supuesto, están las noticias minuto a minuto en las que se podía leer todo lo relacionado al sismo.


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domingo, 20 de julio de 2014

Reminiscencia con Calor

Acá hay otro pequeño escrito, de una idea que surgió entre tanto calor:


Salí temprano en la mañana para poder llegar a tiempo. Pero, debido a ciertos infortunios, me encontré varado en el tráfico de la carretera. Esto provocó que llegara tarde a una importante reunión y acabé por ser despedido. Ahora no tengo un empleo y el pago mensual del cuarto que rento se acerca asechando mi bolsillo en quiebra.
A pesar de mis intentos por convencer a mi jefe y explicarle lo sucedido, no le logré persuadir. Probablemente, no me di a entender del modo en que quería, y mi tiempo se agotó antes de poder estructurar correctamente mis ideas. La comunicación es uno de los pilares fundamentales del ser humano, pues, en ella recae el entendimiento entre individuos. Y es en eso en lo que he fallado y por lo que perdí mi trabajo tan fácilmente. Las personas estructuramos nuestro lenguaje hasta acoplarlo a nuestros estándares y moldes, y hablamos con la idea errónea de que somos comprendidos tal y como queremos.
Después de ser despedido, cuando me dirigía a casa, descubrí que todo el problema del tráfico era causado por un único problema: una persona había arrollado a un perro, y su dueño peleaba fervientemente contra el conductor, alegando que iba a excesiva velocidad, mientras que este último, culpaba al dueño por ser descuidado con su mascota.
¡Malditos perros y malditos humanos! La gente no lo entiende, pero las personas y los perros no somos tan diferentes; ambos obedecemos a ciertos patrones de comportamiento y funcionamos bajo nuestra propia psicología. El problema verdadero recae en entender que nuestras mentes, gustos y objetivos son diferentes. Por supuesto, el perro quería salir a pasear, pero su dueño se descuidó y el conductor, que probablemente solo quería llegar a tiempo a su trabajo, fue egoísta y no pensó en que ir a alta velocidad podría provocar daños.
Para cuando llegué a casa, estaba harto de todo y todos. Solo quería dormir, pero sabía que era demasiado temprano para hacerlo, así que encendí el ventilador y la televisión para perderme y no pensar más. Con lo que no contaba era con encontrarme la noticia del accidente de la carretera. Habían dos policías; uno, que defendía al automovilista, pues iba a llegar tarde a su empleo, (¡Qué coincidencia!), y el otro, que era más sensible con los animales, y defendía al dueño del hablando de la inconciencia del conductor. La verdad es que toda moneda tiene dos caras y no fui capaz de darle la razón a uno, ni al otro. Es decir, cada quien reacciona de manera diferente y todos respondemos a un pasado que nos codifica de cierta manera. Muchos factores influyen en el desarrollo de nuestra personalidad y carácter.
Ahora, escribí una carta, porque es más formal, para explicar a mi jefe lo sucedido y recuperar mi empleo. La ventaja del lenguaje escrito es que nos da la oportunidad de corregir un texto tantas veces queramos hasta estar conformes con él. Dejé la carta con la secretaria del jefe y fui al parque más cercano para relajarme.

Y heme aquí, esperando una respuesta positiva, mientras observo mi entorno. ¡Qué mundo más loco en el que me ha tocado vivir! Pero más importante: ¡Qué calor hace!